Los hijos de la soledad
Las décadas de los sesentas y setentas fueron el escenario propicio para la aparición de dictaduras militares en casi todos los países latinoamericanos como reacción de las clases dominantes ante las propuestas de movimientos sociales que habían llegado al poder de manera legítima mediante el voto. En ese escenario tan cambiante y peligroso para siquiera atreverse a soñar surgen las siguientes preguntas: ¿Qué es lo que orilla a los hombres a dejarlo todo? ¿Qué es lo que los orilla a vender el alma al diablo por ambición y poder? ¿Qué es lo que nos hace volver, aunque lo hayamos perdido todo, por salvar, aunque sea lo más insignificante de nuestro pasado?
Las preguntas antes expuestas y muchas más se harán a continuación, en la historia de un solo hombre, un sobreviviente a quien llamaremos Anthony Josué Ruíz Díaz; un hombre que ha vivido los últimos 35 años, entre su profesión de maestro, la fotografía y el alcohol, intentando borrar los traumáticos recuerdos que una hórrida época política le dejaron en el cuerpo y en el corazón.
La dictadura militar en este país ficticio (el lector puede ponerle el nombre a su gusto) donde los derechos son suprimidos con la excusa de proteger a la democracia y como en todos lados donde esta se instala, deja a su paso muerte, destrucción y ríos de sangre. En aquel escenario dentro de un país que dejo a un lado la libertad por la seguridad se desarrolla esta novela cruel pero verídica; no porque sus hechos lo sean, sino porque los hechos lo son en general, para cualquier país que haya pasado, o esté pasando por algo así.
Como bien nos dice el autor en la voz de su complejo personaje “nadie puede decir dónde fue peor”; el solo hecho de que exista ya es un crimen.
El amor perdido, las ilusiones rotas. La muerte, la desolación, la soledad.
La pérdida de familiares y entrañables amigos; uno en especial que se queda grabado en el corazón del lector casi tanto como en el de nuestro protagonista, quien es arrancado en su niñez de su hogar campestre para ser enviado a la capital y después, al extranjero, en busca de un futuro promisorio, y que al volver a su amada patria la encuentra vuelta un caos, son los motores de esta historia.
El amor, la verdad, la lucha por la libertad, el hogar, la familia, entre otros, son los tópicos que nos entrega esta historia que tiene mucho de mágica, de dramática y de patriótica (sea de la nacionalidad que sea) y que nos deja un mensaje de memoria histórica: si te pasó ¡no dejes que se repita! Y si no ¡no dejes que te pase jamás!
Así que, acomódese, y prepárese a leer una historia que no por ficticia, deja de tener mucho de real, y que le aseguro se quedará en su memoria y en su corazón, por generaciones.
***
Mis ojos se abren momentos antes de que suene el despertador, más por costumbre que por querer salir del sueño que me cobijaba. Me levanto en medio de las tinieblas que preceden el amanecer y camino, casi como un zombie, al cuarto de baño, arrastrando el sueño que aún se tambalea en mi interior.
Al ingresar al cuarto de baño y pulsar el interruptor, mis ojos se cierran casi por instinto al sentir la fuerte luz artificial en mis córneas; todo procede casi como un ritual que mi cuerpo conoce bien, sin embargo, a cada paso parece protestar como si dijera: “¿De nuevo?”
Luego de varios minutos tratando de evitar el espejo, que parecía perseguirme de forma persistente aquella madrugada en particular, observo de mala gana mis ojos marcados por las incontables malas noches y mi barba mal rasurada, haciendo que deteste un poco más la profesión que elegí.
Es que, el enseñar, al principio te empuja a desafiar tu forma de ver el mundo y el futuro, queriendo que quienes pasen por tu clase salgan a cambiarlo todo, a hacer cosas diferente, ¡confiando en ellos!, confiando casi a ojos cerrados, en que ellos de verdad harán las cosas de manera diferente y serán una generación nueva de profesionales probos y honestos, no más de lo mismo; pero llega un día, luego de ver cómo todo es prácticamente la misma mierda con diferente año y nombre, que ya no tienes nada que te sorprenda, y los rostros de tus estudiantes se vuelven un borrón constante y la rutinadel día a día. Sin darme cuenta, del rabillo del ojo asoma el pasado que he deseado evitar.
Mientras cepillo mis dientes, me detengo; como si mi cerebro asociara por primera vez la fecha con algo importante.
—¡Mierda…! — me digo a mí mismo, observando mi reflejo con los restos de pasta dentífrica aún en mi boca — el colegio empieza vacaciones hoy.
Usualmente, cuando aparecían estas calamidades que le impedían a mi mente y cuerpo permanecer ocupado, sentía cierta alegría cuando uno o más estudiantes no completaba el puntaje para ganar el año, y se quedaba para supletorios; no era que me emocionara esa posibilidad, al contrario; que alguno de mis alumnos se quedara aplazado me mortificaba enormemente, ¿qué tipo de profesor sería si no?, pero poco a poco me di cuenta que, mientras más distraída estaba mi mente, menos recordaba lo que pasó en mi época de juventud; por lo que llegó un momento en el que me dispuse a mantenerme ocupado, impartiendo clases de recuperación y preparándolos para rendir exámenes extras; pero este año ninguno de mis alumnos se había quedado, en realidad habían pasado con las mejores notas.
A cualquiera alegraría esa noticia; pero esta vez no a mí, ya que me quedaban largas semanas en las que no habría en qué mantenerme ocupado, y mi mente, con lentitud, se iba diluyendo en los recuerdos que estaba tratando de evitar.
Lavé mi rostro con la esperanza de hacer algo para conseguir que el pasado reprimido no saliera a flote; algún proyecto, amigos o licor que hiciera desaparecer la posibilidad de rememorar el pasado.
Los primeros días tuve buenos resultados con el alcohol y los amigos, quienes aceptaron la sorpresiva invitación a beber hasta caer inconscientes; se podía beber y conversar de todo, el único tema que había prohibido era el pasado distante y ellos, lejos de cuestionar mi condición, la aceptaron con tal de que el alcohol fluyera.
Al quinto día de juerga, el pasado pareció despertarme como un remolino, sacudiéndome de mi corto sueño. Tenía la garganta hinchada y adolorida, pero me había pasado la borrachera y mi cerebro, inflamado y febril antes de caer dormido sobre el sofá de mi departamento, se había contraído hasta su tamaño normal dejando pequeñas aberturas por las que se colaba la depresión de un pasado que, finalmente, me había alcanzado; así pues, tenía la cabeza irremediablemente despejada.
Empecé a llorar.
Me tomé la cabeza entre las manos, apretándome las sienes como si intentara exprimirme el cráneo, mientras lloraba descontroladamente.
Llorar… no lo había hecho en varias décadas y el hacerlo me llenaba de temor. Los recuerdos se agolpaban en mí esa mañana, como fantasmas vengativos que me torturaban diciéndome que ya estaba bien de darles tan vilmente la espalda. Que era hora de tener huevos y enfrentarlos; y ni siquiera la bebida podía evitar que se filtren sonidos y aromas desde el exterior; sonidos y aroma que me recordaban una época que quería borrar de mi memoria, por más feliz que hubiera sido.
Una ducha fría y el pasado aún sigue allí, frente a mí, con cada sombra que se asomaba desde mi librero, flotando de la manera más descarada. Trato de evitarlo regresando al cuarto de baño, pero el espejo sigue desafiándome con un reflejo que ansía recordar.
Casi sin percatarme, empiezo a observar las cicatrices en mi torso, recordando el momento exacto en que cada herida fue nueva; cada sutura mal hecha, luego de haber sido lacerado con algún objeto romo o afilado y que dejaron un tapiz de dolor; que parecen contar una historia que hasta ese momento yo no quería recordar.
Sin proponérmelo, paso de ese desfile de recuerdos desoladores a rememorar el rostro de mis padres y la pequeña hacienda donde crecí; en ese instante, el deseo de retornar a mi pueblo se apodera de mí, y tengo miedo, no de los cambios que encontraré allí, sino de lo que ya no hallaré en ese lugar.
Dicen, que lo que ocurrió en mi país, si bien fue una tragedia, no se compara con lo que pasó en esa misma época en otras naciones; cuando escucho esas palabras, me dan ganas de exclamar que se lo digan a quienes no fueron víctimas de la tortura, las acusaciones falsas y el dolor de la pérdida de familiares y amigos, no a mí, no a quienes sobrevivimos.
Sé de lo que hablan; mis años como fotógrafo viajero antes de dedicarme a la docencia, me llevaron por los sinuosos y dolorosos caminos que, las diferentes dictaduras dejaron tras de sí, tanto en mi propia nación como en tantas otras que se desangraron durante años en la esclavitud de gobiernos miserables, represivos y asesinos… Yo lo sé bien.
Pero, cada quién tiene su infierno particular. No existe el “no fue para tanto” ¡No hay tal cosa! La gente sufrió, sangró y murió de todas maneras.
Los que disfrutaron de la libertad ignorando la sangre de inocentes, pueden consolarse con esas palabras; pero quienes sobrevivimos a esa época de pesadilla, no encontramos consuelo cuando los demás afirman que “aquí no fue tan malo”.
Mientras reflexiono, y antes de que me percate de lo que estoy haciendo, ya he empacado un par de cosas en una mochila escolar, y me encuentro detrás del volante de mi viejo auto, el cual sé muy bien, no está hecho para salir de la ciudad; recorriendo los primeros kilómetros de una extensa carretera, donde empiezo a adentrarme en un pasado que quise, al parecer de forma infructuosa, mantener encerrado en lo más profundo de mi mente.