Juana de Ávila: rasgos ocultos
Toda referencia escrita tiende en oportunidades a facilitar ese punto de partida a la hora de iniciar una investigación histórica. Sin embargo, en el caso específicamente de Maracaibo y sus primitivos indicios, no siempre garantizan -per se- la veracidad o exactitud de los hechos y sus protagonistas, los cuales pueden convertirse en un abrir y cerrar de ojos en la cefalea más dolorosa de todos los tiempos.
La inquietante aventura del proceso en sí me sentó en el primer vagón de una montaña rusa electrizante, donde los sentimientos a flor de piel podían percibirse desde que ajusté el cinturón para comenzar el inédito recorrido por estaciones eternas de desconcierto absoluto, pues la escasez de exploraciones previas de quienes nos antecedieron, dificultó el cotejo y validación de la información existente debido a la entelequia observada.
A medida que transcurría el tiempo, mi actitud avasallante fue conjugándose con la perseverancia y la inquebrantable fe, haciendo que el radiante sol se proyectara en el firmamento como indicativo de favorables aciertos a pesar de transitar en ambientes de extrema aridez.
El sabor agridulce se hizo sentir en señal de victoria, y los rotundos hallazgos emergieron de las profundidades a manera de compensación por voluntad divina. Los registros parroquiales y diocesanos fueron fundamentales para comprobar la identidad del personaje y sus descendientes.
En este punto, las pesquisas me llevaron a consultar un libro en el archivo del Concejo Municipal de Maracaibo escrito por el Prof. Agustín Millares Carlo, y el mismo me condujo a un documento fidedigno del siglo XVIII que se convertiría en pieza clave para aclarar o corregir los entuertos del pasado, y fundamentar un mejor estudio del presente.
Es necesario derribar infundados mitos genealógicos producto de una posible tradición oral tergiversada o por una amarga chanza con fines inescrupulosos; más no sobre el enfrentamiento propiamente dicho entre los bandos realistas – patriotas, y la posterior demanda legal luego de la muerte de Juana de Ávila en 1836 sobre los terrenos, entre la Iglesia y el señor Victorio Ferrer, quien perdió finalmente dicha querella.
Quizá pueda parecer un juicio crítico la presente obra, pero más allá de ello, la intención que impera en el rotundo accionar, es la de realizar auténticos aportes con fuentes comprobables acerca de los datos que rodean la vida de Juana de Ávila, de manera que la insoslayable verdad sea la eterna fuente de inspiración a la hora de reescribir la historia zuliana.