Escander el Dios primordial
El dios primordial
El Reino Marchito
Hubo un tiempo en que el Reino del Bosque era la corona de la creación. Sus árboles, pilares de esmeralda, perforaban las nubes y sus raíces palpitaban con una luz plateada que alimentaba al mundo. Pero la armonía es un cristal frágil. Cuando el Rey del Bosque —único guardián del equilibrio— se desvaneció en el silencio, la oscuridad encontró su grieta.
Desde el vacío de los reinos prohibidos, la Envidia de los Malignos se filtró como un gas venenoso. Una niebla extraña comenzó a devorar los colores, y los animales, privados del aliento divino, olvidaron cómo hablar, quedando atrapados en un silencio de agonía.
Más allá de los bosques que aún conservan el aliento de los antiguos y de los reinos que el mapa del hombre ha olvidado, yace Vystrunxes. Es un lugar que parece haber sido pintado con pinceles de oro; un reino próspero donde el sol no solo ilumina, sino que envuelve la tierra con una dulzura maternal, y donde las nubes bajan de las cumbres para abrazar los valles en un sueño eterno de paz. Vystrunxes es un santuario de espesura vibrante y vida inagotable, el último rincón del mundo donde la música de la creación aún suena con fuerza.
En el corazón de este paraíso, bajo los techos de cristal de un palacio que desafía al tiempo, vive Deborah. A sus dieciséis años, la princesa de Vystrunxes posee una belleza que parece robada de las flores de su jardín: cabellos largos que caen como seda líquida y ojos de un azul tan profundo que parecen contener el cielo despejado de su reino. Pero tras esa fachada de porcelana y protocolos reales, late un corazón inquieto. Deborah no es una joven de bailes y coronas; ella es una buscadora de secretos, una alma antigua atrapada en un cuerpo de primavera que ya ha comenzado a notar que, en los bordes de su hermoso hogar, las sombras están empezando a crecer.