Venezuela bajo el gomecismo
Una mirada crítica desde sus propios testimonios escritos
Comenzaba el amanecer del siglo XX y el mundo se organizaba aceleradamente en
torno a un modelo de vida (el capitalismo) que había tenido un gran impulso con las grandes
transformaciones económico-políticas ocurridas en Europa a partir de lo que denominó el
historiador inglés, Arnold Toynbee, la revolución Industrial, descrita como un proceso de
desarrollo económico que tuvo sus raíces en Inglaterra entre 1760 y 1840; y por otra parte,
la revolución francesa o democrática-burguesa que se produjo entre 1789 y 1799 y que bajo
los principios de “libertad, igualdad y fraternidad”, marco el fin del feudalismo y la
monarquía absolutista y abrió paso a una nueva forma de organización política y económicosocial
de la europea de entonces: el capitalismo. En ambos eventos históricos, anidan los
antecedentes que proporcionaron impulso al sistema económico, político y social liberal,
cuyo cimiento se construyó sobre la existencia de una lucha político-social irreconciliables
entre la clase obrera y la burguesía. Es así como, entre 1908 y 1935, el interés del gran capital
extranjero, principalmente norteamericano, ya había puesto su mira sobre América Latina y
el Caribe, buscando apoderarse de sus recursos naturales y proveerse de la energía suficiente
para alimentar su irracional modelo de vida consumista y de acumulación ilimitada de riqueza
que había implantado. Con ese propósito, las poblaciones intervenidas empezaron a asimilar
como conciencia social una forma de subjetividad que consideraba como natural el hecho
según el cual, como dijera Carlos Marx: “Mientras más se revaloriza el mundo del dinero y
de las mercancías, más se desvaloriza el mundo de lo humano”. Ese momento histórico dio
inicio al absoluto dominio del capital sobre el trabajo, por lo que al terminar el primer
conflicto bélico que enfrentó a las principales potencias imperialistas entre 1914-1918,
comenzó otra reconfiguración del dominio político, financiero, comercial, industrial y
militar a escala universal y cuyos protagonistas fueron los países colonialistas de la época.
Por esa razón, Vladimir Lenin, en su obra “El Imperialismo, Fase Superior del Capitalismo”,
sostuvo que “…ese conflicto fue una guerra de conquista, de bandidaje y de rapiña por el
nuevo reparto de las colonias y de las esferas de influencias del capital financiero (…) que
dominan en el mundo y arrastran a su guerra a todo el planeta.”
Mientras eso ocurría en EEUU y Europa, Venezuela seguía siendo una gran comarca
pastoril, heredera desde la colonia de unas relaciones sociales de producción precapitalista y
semi-feudales, construidas a partir de la concreción de la gran propiedad territorial por parte
de pequeños grupos de familias que a su vez controlaban el poder del Estado y lucraban
valiéndose de la más ignominiosa explotación de la fuerza de trabajo de la peonada y de los
campesinos pobres.
Paralelamente, en los "centros capitalinos" del país, desde finales del siglo XIX, se
habían empezado a incubar otras formas productivas que dieron nacimiento a los sectores de
la industria y los servicios, de donde igualmente surgen los núcleos de trabajadores que
promueven la organización de la lucha gremial más antigua de la que se tenga noticia en
Venezuela: zapateros, carpinteros, alfareros, herreros, horneros, alpargateros, sastres,
tenderos, sombrereros y otros, pero que, en opinión del profesor Rodolfo Quintero (1966),
en su obra “Sindicalismo y cambio social en Venezuela”, no llegaron a constituir “…una
fuerza respetable todavía. Representantes de algunos de ellos participan en una convención
que pomposamente denominan congreso obrero, en 1896”. En la propia administración del
general Guzmán Blanco, en el ocaso de esa misma centuria, se intenta darle un impulso
importante al modelo industrial en pleno acoplamiento con la producción primaria de origen
agrícola y pecuario. En esa época, refiere este mismo autor: “…se monta en la capital de la
República una exposición nacional del sector de la industria, y desde regiones diferentes del
país se envían sombreros, cueros, etc. Guzmán Blanco llega incluso a ordenar la edición y
difusión en Europa de una geografía económica de Venezuela”. Por otra parte, las fuentes
estadísticas macroeconómicas nacionales dan cuenta de la existencia en nuestro país de 757
zapaterías; 1.310 carpinterías; 1.290 alfarerías; 991 herrerías; 516 hornos de cal; 222
alpargaterías; 115 tenerías y 56 sombrererías.
En 1923, la actividad agrícola-pecuaria era parte inseparable de la cotidianidad de la
población venezolana. Todos, incluyendo a quienes no vivían en zonas rurales, dependían
del ingreso que a través del comercio de exportación se percibía por el fruto obtenido del
trabajo extenuante, de sol a sol, que los descamisados de siempre arrancaban a la tierra generosa. Ese mismo año, sólo en los distritos Buchivacoa, Colina, Falcón y Zamora del
estado Falcón, se produjeron 7.777.235 kilogramos de productos agrícolas y pecuarios que
contabilizaron 1.573.450 bolívares. Figuraban entre los principales renglones: Algodón,
ajonjolí, almidón, boñiga, carne salada, ceniza, dividivi, frijoles, huesos, maíz, manteca,
muebles, maní, millo, pieles de chivo, pieles de res, panela, pescado, queso, sombreros,
tapiáramos, tabaco, tártago, ganado vacuno, caballos y cerdos.
Constantemente se realizaban los llamados concursos de hacienda, los cuales
consistían en premiar en metálico o con cualquier otro incentivo a los productores que
presentaran las mejores muestras de frutos de sus cosechas en la capital del estado o de la
República. Así ocurrió el 9 de junio de ese mismo año, cuando el general León Jurado,
presidente del estado Falcón, promulgó un decreto en el cual anunciaba: “Que los principales
agricultores de este Estado, han sido invitados para concurrir con las muestras de su producto
a la exposición de café y cacao que se efectuará en Caracas, el próximo 5 de Julio, y que
alguno de ellos han atendido a dicha invitación; considerando: que en justas de esta
naturaleza es muy natural corresponder a los esfuerzos de los hacendados y propender a la
vez al mayor estimulo entre ellos para la mejora del ramo de la Agricultura, que por más de
una vez ha merecido los afanosos desvelos del Benemérito General J. V. Gómez, hasta
convertirla en la poderosa fuente de riqueza en que se encuentra hoy; Decreta: Artículo 1º.
Adjudíquese, como premio del Gobierno del Estado, una copa de plata al expositor de la
mejor muestra de café de esta jurisdicción. Artículo 2º. Por resolución especial se erogará la
suma suficiente para cubrir el valor de dicho premio con cargo al Capítulo de Rectificaciones
e Imprevistos…”
Sin embargo, la vorágine petrolera había irrumpido ya en Venezuela y el auge de su
importancia en los balances de ingresos y egresos nacionales, vislumbraba el despuntar de
otra realidad política, económica, social y cultural en la Nación. Ya no era la superficie del
suelo la que proporcionaba con semillas, agua y trabajo, riqueza y bienestar a sus dueños,
sino lo que el subsuelo había guardado por siglos y apenas requería trabajo de extracción y
tecnología para obtenerlo. Sólo que, a diferencia de otros países, en el nuestro, desde 1829, se había establecido que todo recurso mineral que estuviese debajo de la superficie pertenecía
al Estado y sólo este último podía decidir su utilización. Había empezado a fundarse un
modelo rentista petrolero que progresivamente se iba imponiendo con su “ofrecimiento
atractivo de progreso y bienestar económico” y el cual deslumbró a toda la sociedad y la
convenció que el negocio del futuro estaba en la explotación de ese codiciado oro negro, ya
sembrado en las entrañas de la tierra y no en la labor del campo en donde sólo se conseguían
míseros pagos o pocas ganancias que ni siquiera permitían aliviar las dolencias sociales de
los pobres ni saciaban la avaricia de los terratenientes.
Era pues, una Venezuela semi-feudal, cuyas formas de vida no resultan fácil imaginar,
ni siquiera con detenidas lectura de los testimonios documentales, porque, como recuerda
Jesús Faría, testigo de aquellos años: “Hay hechos que para descubrirlos se necesita haberlos
padecido y saber escribir, dos requisitos que no coinciden en personas de mi generación […]
Una cosa es presentir o descubrir la miseria y otra muy distinta, y terrible, es padecerla días
tras días, como un náufrago que bracea en un mar sin orillas”.
Tales contextos muestran que el país había entrado en el torrente de los
acontecimientos económicos y políticos planetarios de ese tiempo y en su seno era inevitable
el deslinde entre el modelo primario agrícola-pecuario exportador y consumidor
manufacturero con el rentista petrolero. Sin dudas, este último nació con Juan Vicente Gómez
y, después de su muerte física, lo profundizaron quienes continuaron hasta hoy. Este hombre,
que dominó a su antojo el país por casi tres décadas, fue un dictador brutal, implacable, al
servicio de los intereses económicos y políticos geoestratégicos, expansionistas y de
superioridad mundial que las administraciones gringas adoptaron como proyecto para
garantizarse el control de territorios, recursos naturales y la fuerzas de trabajo, creadora de
cuanta riqueza material y cultural ha existido en el planeta. Gómez, cumplió a cabalidad su
compromiso de resguardar esos designios imperiales y mediante métodos represivos
inimaginables, evitó que los opositores a su gobierno, de cualquier signo ideológico,
subvirtieran el estado de cosas existentes.
De lo sucedido durante ese momento histórico trata este ensayo y su finalidad consiste
en realizar un acercamiento crítico a estos hechos mediante la revisión de algunas fuentes
escritas que recogen testimonios de primera mano y los cuales fueron dejados para la
posteridad por quienes lucharon y sufrieron horrorosamente las consecuencias de sus osadas
pretensiones de conquistar y derrotar al infierno y a sus demonios por asalto y lograr
profundas transformaciones en Venezuela a través del apoyo popular a las ideas nacionalistas
con las que procuraron que se estableciera un sistema de gobierno que reivindicara el valor
del derecho a la vida, a la libertad de pensamiento, al estudio, a la salud, a participar sin
coacciones en la disputa política y social, a organizarse sindicalmente, a exigir salarios y
trabajos dignos y, en fin, a tener garantías de vivir en una sociedad de justicia e igualdad, en
donde a todos los ciudadanos se les respetara su dignidad humana y se les reconociera como
los verdaderos depositarios de la soberanía popular, es decir, un sistema político en donde
prevaleciera “la fuerza del derecho y no el derecho de la fuerza”.
Luis Oswaldo Dovale Prado y Candelaria María González Romero