Cuban Trophy
La sala de espera estaba llena. Las enfermeras caminaban por los pasillos laterales, mientras que una secretaria se las arreglaba para atender llamadas telefónicas. Tú estabas sentada en medio de las múltiples hileras de asientos plásticos, entretenida a ratos por niños cuyos rostros se iluminaban con la luz de las tabletas y por dos mujeres con extensiones rubias que conversaban en creole cerca de ti. Ibas vestida con tus mejores ropas de entonces: un pantalón negro, de tu talla, bastante cómodo; una blusa azul de algodón con unos adornos blancos bordados y unas ballerinas. El pelo lo llevabas suelto, a la altura de los hombros. No usabas maquillaje, un leve lápiz labial tal vez. ¿Cuánto había pasado? Intentabas seguir con la mirada a las mujeres que entraban y salían, en un esfuerzo por comprender la dinámica del lugar y, sobre todo, por predecir cuándo te llamarían. Pero en silencio y sin demostrar impaciencia, con el convencimiento de que no podías reclamar nada. Hasta que escuchaste tu nombre, o al menos, un amago de tu nombre. A las enfermeras norteamericanas les costaba pronunciar bien tu apellido, el enredo imposible de una combinación de sílabas extraña para ellas. Pero a estas alturas has aprendido a reaccionar, a reconocer esa deformación lingüística en la que te has convertido. Muestras tus identificaciones, tus papeles, tus números en el front desk para evitar hablar. Van registrando los datos de una forma mecánica, comprobando que tú eres tú. No te miran a la cara, no hacen preguntas. Te conducen a una pequeña sala, donde hay un buró, dos sillas, una camilla, un teléfono con teclas predeterminadas para buscar traductores de español, creole, chino, según haga falta. Entra un viejo doctor, su pelo es canoso, proyecta su autoridad en la forma en que se mueve y se dirige a una comitiva que también lo acompaña. ¿Hay mujeres? Te pareció entonces que eran solo hombres. Muchachos, más jóvenes que tú. Ves en el identificador que le cuelga de la bata un apellido de origen hispano. Intuyes incluso que es de tu propio país. Pero él te pregunta: English or Spanish? Aunque perderás la cuarta parte de lo que procederá a explicar, le dices que en inglés. Él comienza describiendo lo que han arrojado los exámenes. Las medidas son alarmantes. A juzgar por lo que dice, de los problemas posibles, los tienes todos. Por eso la comitiva. Eres un excelente caso de estudio. Ellos te miran con rostros neutros, con curiosidad ¿científica? No podrías afirmarlo con certeza. El buen doctor te da en una hoja impresa de un sitio web los datos de un colega suyo, especialista en fertilidad. Como si supiese de los problemas económicos, te habla de su programa de descuento en caso de que te decidieras. Concluye con una oración corta, de fuerza esperanzadora. Comienzas a doblar el papel con los datos con tal de poder bajar la vista y parecer ocupada en algo. Pero él vuelve a tomar la palabra. Te pregunta si podrían examinarte. No llevas vestido ni saya, no recuerdas qué ropa interior estás usando. Pero es un hospital escuela, no estás pagando, has podido recibir atención médica como parte de un programa para inmigrantes, en cuyas descripciones viste por primera vez la palabra indigent. Y accedes, claro que sí. La comitiva se despide y no hay tiempo de pensar en lo que ha anunciado el viejo doctor en su inglés fluido y perfecto. Te concentras en quitarte el pantalón negro bastante cómodo y en esconder la ropa interior en uno de los bolsillos. Tienes una bata de papel que debes ponerte por encima. Te la atas lo mejor que puedes. Se abre la cortina, y tú estás acostada en la camilla. Obediente. Te toma un tiempo alzar la cabeza y descubrir que no es el doctor quien hará el examen, sino uno de los estudiantes. Te indican abrir las piernas y encajar los talones en esas estructuras metálicas hechas a una medida estándar. Están frías por el aire acondicionado. El viejo también entró. Sí, él también, dio unas instrucciones a su discípulo de cómo conducirse dentro de ti. El elegido ¿por su pericia, su diligencia, un paper exitoso? ha terminado y se quita los guantes. Te pide disculpas ¿por el imprevisto, por verte, por hurgarte, por la manera en que su mentor te ha explicado? Vuelves a decir que está bien, que no se preocupe. Has pasado a ser quien consuela. No puede disimular sus deseos de marcharse lo antes posible. Desaparece. Vas zafando la bata de papel, recuperas el pantalón que dejaste doblado sobre una silla, buscas en el bolsillo hasta encontrar el blúmer, que te pones rápido, con miedo de que corran la cortina otra vez. De regreso al parqueo, comienzas a recordar aquel cuadro que estuvo en tu casa desde que tenías uso de razón. Era una fotocopia en blanco y negro de una hermosa mujer trigueña, abrazando a su bebé. Una de las esquinas de la imagen se había humedecido, dándole un vaivén de ondas al papel. Luego supiste que no era una muchacha trigueña, sino una joven madre taína. Tus padres alardeaban contigo en las reuniones de amigos cuando aprendiste a contar en público la historia de Casiguaya, la heroica mujer del cacique Guamá, que prefirió estrangular a su hija con un abrazo antes que verla esclavizada. Ese acto que relatabas con recriminación inconfesada hacia ella, ahora lo entiendes muy bien. En este mismo instante. Ya sabes de lo que va Beloved de Toni Morrison. Una escritora que has aprendido a admirar, que escribe de niñas asesinadas también por sus madres para evitarles el futuro oprobioso de la esclavitud. Te dolerá cuando descubras que, de acuerdo con Morrison, no eres parte de la Hispanic Presence. No mereces sentirte siquiera cerca de las haitianas que esperaban sentadas contigo para ser atendidas hace unos minutos; también beneficiadas de los programas de inmigración, porque para ella, eres parte de esos “…Cubans fleeing Castro for a city heavily populated with middle-class Cubans and so, unlike Haitians, have a welcome mat of social services spread out before them”. Has quedado despojada de una comunidad, y mal situada junto a otra. ¿Sabría Morrison que estudiabas a Toussaint LʼOuverture desde que estabas en séptimo grado? ¿Sabría que las cubanas y las haitianas se sientan juntas en salas de espera? ¿Sabría que en los días de buen tiempo se podía divisar Haití desde las costas orientales de la isla? A juzgar por sus palabras, ella solo puede simpatizar con ciertos dolores selectos. Y el tuyo no forma parte, ni siquiera por esas redes de solidaridad e identificación horizontales entre mujeres de distintas etnias. No reúnes condiciones para ser su beloved/amada, aunque ella reúna todas para ser la tuya. La cansina historia de tus amores literarios no correspondidos. Y ahí estás de nuevo jugando a ser algo que ya no eres, impulsada por aquella recomendación de María Zambrano a Lydia Cabrera de que el exilio era bueno para escribir. Pensando en niñas asesinadas por sus madres. Unexpected coping strategies, diría un mal terapista. Comienzas a hacer un breve examen del día y te percatas que las primeras palabras amables que has escuchado hoy han sido las tibias disculpas del estudiante de medicina. También ha sido él la primera persona que te ha tocado durante el día, probablemente en la semana. Quieres justificarte por la conmoción de esa escena apenas vivida, atribuir el desconcierto a la ausencia de socialización. ¿Qué estará haciendo Toni Morrison en estos momentos? Tecleas en el teléfono, “Toni Morrison” y fijas el intervalo de búsqueda a Past 24 hours, pero no obtienes nada en concreto. Quisieras escribirle y contarle. Vindicación de Cuba. Defenderte, pues todavía aspiras a que ella conecte con tu dolor. Pero si no ha conectado con los de cientos de muertos en el mar, ahogados o devorados por tiburones, con los niños que cuentan con voz queda que los maestros le arrancaban los distintivos escolares del uniforme cuando sus familias anunciaban en la escuela que se iban de país, ¿qué te hace pensar que se conmoverá con tu historia particular? Vuelves a tus rancias damas, a Dulce María Loynaz, la cantora de la mujer estéril: “¡Contra toda la Vida, tú sola!...”