Alexis Zorba, vida y aventuras
Llovía en el Pireo cuando entró Zorba: descalzo, embarrado hasta el cuello, sin gorra, con un santuri bajo el brazo. Bastan esas líneas. No hace falta saber griego, ni filosofía, ni el año exacto en que Kazantzakis se sentó a escribir esta novela, para reconocer a ese hombre.
Cambia el escenario: el mar, el idioma, el santo al que se le reza. El hombre que llega mojado y sin nada, con la dignidad de un rey sin reino, es el mismo en Creta que en la orilla del lago. Yo lo he visto entrar, con otro nombre, en cafetines de Maracaibo.
La tierra que describe Kazantzakis es piedra caliza, tomillo, viento salado, una sequía que exige sudor para dar fruto. Tiene hermanas de este lado del Atlántico: el páramo, el monte guajiro, el llano que se raja en agosto. Lo provinciano se sostiene solo, con la misma paciencia con que Kazantzakis mira una roca o una cabra.
El hombre que espera a Zorba en ese cafetín sabe de Buda, de la renuncia, de la compasión; carga en la valija un manuscrito a medio terminar. Zorba apenas sabe firmar su nombre. Uno tiene el alma llena de teoría; el otro tiene las manos llenas de callos, de barro, de cuerdas de santuri. Se sientan juntos frente al mismo fuego, comparten el mismo plato de aceitunas, y ninguno convence al otro de nada.
En el camino se van a encontrar con madame Hortense, una cortesana envejecida que se declara cuatro veces viuda de almirante y sigue paseándose, coqueta, sobre las ruinas de esos amores imperiales. Con ella no hace falta más presentación: el libro se encarga del resto.
Zorba habla de Dios como quien habla de un vecino: un señor tan generoso, dice, que se aburre escuchando la lista de pecados de una vieja pecadora y termina por mandarla al paraíso de un manotazo, solo para no seguir oyéndola. Habla también de la libertad con una imagen que no se olvida: todos estamos atados a algo, dice; la diferencia entre un hombre libre y uno esclavo está en el largo de la cuerda. El que la tiene larga se cree libre, pero jamás la suelta: administra lo que tiene, guarda siempre un resto por si acaso, calcula. A eso le llama Zorba locura: la decisión de cortar.
Un liceísta de quince años también trae la cuerda puesta, aunque la lleve enrollada distinto: en el pulgar que se mueve solo sobre una pantalla, en el número que cuenta cuántos vieron lo que subió anoche. Zorba no conoció esa cuerda, pero la habría reconocido enseguida: es la misma costumbre de tenerla larga y no cortarla nunca, solo que ahora no hace falta ni salir de la cama.
El santuri lo acompaña desde joven: lo compró con los ahorros que tenía guardados para su boda, en un pueblo donde nunca antes había oído ese sonido. Cuando el ánimo se le cae al piso, lo toca: dice con las cuerdas lo que ya no le cabe en la boca.
Luis Perozo Cervantes
Maracaibo, 2026