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ISBN 978-980-19-0113-6

Una semana de mare-mare

Autor:García Abreu, Sergio Antonio
Colaborador:Orinoco Pensamiento y Praxis, Fondo Editorial (Director del equipo editorial)
Editorial:Maestre Vargas, Leonardo Rafael
Materia:Historia de Venezuela
Público objetivo:General
Publicado:2026-10-01
Número de edición:1
Tamaño:1.8Kb
Soporte:Digital
Formato:Pdf (.pdf)
Idioma:Español

Reseña

UNA SEMANA DE MARE-MARE
Sergio García
Autor: Sergio Antonio García Abreu
Revisor de estilo: Sergio Antonio García Abreu
Correo electrónico: sergioagarcia1950@gmail.com
Colección: Narrativa
Diseño de portada e ilustración: Sergio Antonio García Abreu
Correo electrónico: sergioagarcia1950@gmail.com
Primera Edición: 2026
ISBN:
Catalogo: http://isbn.cenal.gob.ve/
© 2026, Sergio Antonio García Abreu
© 2026, Fondo Editorial Orinoco, Pensamiento y Praxis
Fondo Editorial Orinoco, Pensamiento y Praxis. Asociación Civil sin Fines de Lucro “Asociación Fraternidad y Orientación Activa”
RIF: J403372659
orinocopensamientoypeditorial@gmail.com
Ciudad Bolívar, Venezuela.
Obra impresa por: Grupo J3V c.a.
RIF.:J299949841
Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio, sin la autorización expresa de los titulares del copyright.
una humilde admiración del espíritu superior ilimitado
que se revela en los pequeños detalles
y que podemos percibir con nuestra mente frágil y débil.
Albert Einstein




Lunes, primero de junio de 2020…
Es una mañana soleada del equinoccio. Con los fulgurantes y perpendiculares rayos de luz veo el verdor intenso de las matas, el bello azul cerúleo del cielo y el descollante rojo de los semáforos sincronizados que observo uno tras otro en la avenida Isaías Medina Angarita de Caracas, por donde la transito. Desde hoy me esperan días intensos y de mucho riesgo por cuanto voy a entrevistar algunos detenidos de la operación “Gedeón” planificada desde Estados Unidos y Colombia para eliminar al dictador Maduro y sustituirlo por el presidente Guaidó, quien firmó un contrato con la empresa de seguridad estadounidense Silvercorp bajo los auspicios del gobierno de Trump y de importantes colaboradores del país neogranadino. Tal incursión se concretó el tres de mayo pasado en las costas centrales de Venezuela, tratando de emular la gesta de Gedeón; quien fue un antiguo guerrero de Israel que reunió sólo trescientos hombres con los cuales enfrentó y derrotó a miles de madianitas, según reza la Biblia. Aquí comenzó en Macuto donde las fuerzas militares leales al gobierno esperaron y masacraron vilmente a seis ex-soldados venezolanos, mientras otros lograron incursionar por Ocumare. No así un tercer grupo que fue apresado en Chuao. Sin embargo, los segundos también fueron detectados a los pocos días y luego todos, sesenta aproximadamente, fueron encarcelados en el Servicio Bolivariano de Seguridad Nacional, más conocido como SEBIN; un servicio de inteligencia y contrainteligencia del gobierno con sede principal en El Helicoide.
Mi jefe de redacción del periódico “El Nacional” me pide, con mucha cautela, indagar porqué fracasó la operación, quiénes desertaron antes del tres de mayo, quién los delató desde adentro, cuáles fueron las limitaciones y dificultades que contribuyeron a tal fracaso, qué cosas se prepararon y no se ejecutaron; además de los detalles logísticos y operativos antes y durante la incursión, entre otras interrogantes que luego surjan a partir de las entrevistas. La información que recabe en ellas, representa el último insumo indispensable para quienes planifican ahora una nueva incursión que vendrá, esta vez, por el noreste de Colombia cuyos preparativos están bien adelantados.
Son pasadas las once de la mañana y después de hacer cola desde la madrugada y por seis horas para echar gasolina iraní, debido a la improductividad de nuestras refinerías y no al supuesto sabotaje de aditivos y repuestos para producirla como señala el gobierno, me dirijo a El Helicoide en el Fiat-Uno de papá con su característico y recordado olor que dejó impregnado en el asiento del conductor. Manejando percibo una inquietante soledad en las calles como si viviera esas películas de ficción con zombis que deambulan por las noches y que fue provocada por la cuarentena que todos cumplimos para evitar el contagio del coronavirus. Nunca pensé ver algo así. Es increíble. Me siento algo nostálgico por el congestionamiento de tráfico, al cual me había acostumbrado; no así, la humareda asfixiante que despiden estas máquinas que ya no existe. “No hay mal que por bien no venga”, dice el refrán. Ahora veo todo con mayor claridad. Ahí está el Ávila, por ejemplo, hermoso cerro que se yergue al norte de Caracas, ahora mostrando cual hermosa filigrana, sus diversos pliegues en detalle, los matices verdes y esos claroscuros marrones; tal cual lo reflejó en sus innumerables cuadros, el famoso paisajista español Manuel Cabré.
Hoy Maduro flexibiliza dicha cuarentena, permitiendo que varios sectores de la economía reinicien sus actividades. Por eso percibo mayor cantidad de vehículos por las calles, así como un número importante de personas caminando por las aceras, entrando y saliendo como hormiguitas de los bancos y negocios que hay en esta emblemática avenida. Más pronto que tarde llegará la esperada normalidad cuando se levante definitivamente el molestoso encierro a que nos somete el gobierno.
Ensimismado en tan inusitadas sensaciones y encontrados sentimientos, no debo olvidar que me comprometí en recoger primero a mi hermosa esposa Aura Elena, profesora de química en el colegio Las Acacias, con quien apenas tengo seis meses de casado. Ella, antes daba clases en un liceo de El Cafetal al este de Caracas donde vivía con sus padres y abuelo en una casa ubicada en la cima de una colina. De tez blanco perla, ojos marrones de chocolate claro, cabello castaño lujoso y con bellos rasgos indígenas propios del pueblo Kariña, Aura nació en la ciudad de Puerto Ordaz del estado Bolívar al sur-oriente de Venezuela. Su padre Sergio García nació en Caracas, graduándose de matemático con honores en 1978 a los veintiocho años de edad, en el Instituto de Ciencia y Tecnología de la Universidad de Manchester, Inglaterra, llamado cortamente UMIST; con una beca otorgada por la fundación gubernamental “Gran Mariscal de Ayacucho”. Para luego ejercer su “exacta” profesión como profesor de la Universidad Nacional Experimental de Guayana justo en esa ciudad bolivarense. Allí conoció a la madre de Aura Elena de nombre Aura Matilde Balbi, oriunda de esa bella región poblada hace siglos por comunidades Kariña, Chaima y Warao.
-¿Cómo te fue? -le digo a mi Gordita, como la llamo cariñosamente, al ingresar en el auto y quitarse la mascarilla.
Ella viste una holgada y colorida manta goajira, y unas sandalias de cuero. En sus muñecas, hermosos aros y en el cuello, una gargantilla dorada. Su cara posee una suave textura bajo su tenue maquillaje rosado, con cejas oscuras delgadamente pobladas mientras sus destacados labios rojos incitan a recibir mis besos. “¡Bien!” -me responde alegremente-. “Estuve compartiendo algunos criterios de evaluación con los profesores de matemática y física para calificar tú sabes, las respuestas a los ejercicios digitalizados”. No sin antes darme un beso prolongado y a la vez una suave caricia con la mano derecha por mi corta barba. Ella además se adorna con el aroma de jazmín que expide su piel y que me produce una profunda sensación de paz. Total, un delicado gesto maternal de Aura que siempre me encanta y que nunca sentí cuando niño, siendo hijo único. Entonces me dice:
-Sigo preocupada con las fulanas entrevistas que vas a hacer en el SEBIN. Debieron escoger a otro.

NOTA DEL AUTOR
(Octubre 2026)


Otra cosa que todos los escritores tenemos en común
es que todos somos observadores.
Prestamos atención a los detalles.
Judy Blume

Los sucesos que se narran en la presente novela, fue escrita a finales del año 2020. Son reales al igual que los lugares y la mayoría de los personajes, algunos ya fallecidos. ¿La historia?, algo diferente:
Mi abuelo por parte de papá, Servando García Palacios, vino a Venezuela efectivamente desde Málaga, España, junto con su hermano Guillermo. Fundaron la cervecería Caracas y compartieron el negocio llamado Cervecería Donzella, ubicado cerca de la plaza Bolívar. El abuelo se juntó en 1922, con Margot Ponce con quien tuvo tres hijos: Servando, Guillermo y Antonio García Ponce. Todos ellos se residenciaron en La Pastora y la abuela los obligó ciertamente a ser monaguillos bajo la tutela del párroco Juan Francisco Hernández. Papá y los tíos militaron en el PCV desde mediados de los años treinta orientados inicialmente por el camarada Pedro Juliac. Luego fueron miembros del comité central y del buró político del PCV además de haber sido electos, papá y el tío Guillermo, como diputados por este partido al Congreso Nacional de entonces, durante el quinquenio 1959-1964.
Rómulo Betancourt, presidente de Venezuela durante ese mismo quinquenio, les allanó la inmunidad parlamentaria y ambos fueron encarcelados en 1963: el tío en el cuartel San Carlos y papá en la DIGEPOL junto con mi mamá Ligia Margarita, quien estuvo presa por pocos días. Ahí conoció papá al capitán Carlos Vegas quien, en verdad, nunca tuvo palabras con papá y el trato recibido por todos los esbirros, difería del que recibían los presos que lo acompañaban. Varios meses después, al salir de la cárcel, papá siempre nos contaba lo extraño de ese asunto que nadie le aclaraba. Papá era periodista en esa década de los sesenta. Fungió como presidente de la Asociación Venezolana de Periodistas (AVP) y como corresponsal extranjero de la agencia soviética de prensa TASS. En febrero de 1967, días después de la espectacular fuga del tío Guillermo, preso en el cuartel San Carlos, papá vuelve a ser detenido junto conmigo y mi hermano mayor Servandito, padre de El Panza. A los tres nos trasladaron a la DIGEPOL donde estuve detenido por pocas horas. En ese entonces contaba apenas dieciséis años, terminaba el bachillerato y estudiaba piano en la escuela superior de música José Ángel Lamas de Caracas, donde me gradué seis años después como profesor ejecutante de piano. Mi hermano fue liberado el mismo día que yo; más no papá, quien hizo pasantía en esa macabra DIGEPOL por varios meses, mientras le sucedía extrañamente lo mismo con el capitán Vegas y el trato recibido.
Mi abuelo Servando García Palacios, también se juntó en 1928, con una joven chilena de nombre María Luisa López, con quien tuvo seis hijos, entre ellos Adelaida, Josefina y Aurora García. Todos viviendo en una casa de San Bernardino donde ciertamente eran vecinos de mi maestro de piano Moisés Moleiro, cuyo hijo homónimo fue dirigente del Movimiento de Izquierda Revolucionario. Fue en los años 1969 y 1970 cuando el maestro Moleiro después de darme clases de piano, me contaba sobre su vecino Servando García Palacios, padre de quienes admiraba mucho la familia García Ponce y de la amistad que sostuvo su hija Carmencita con Adelaida y Josefina. Todo lo que me contaba el maestro Moleiro inmediatamente se lo decía a mi familia. Papá y mis tíos comenzaron entonces a escuchar los nombres de sus otros hermanos desconocidos. Mi abuelo Servando García Palacios ya había fallecido en 1952 a los setenta y nueva años de edad.
En 1970, tres años después de la fuga del cuartel San Carlos, mi tía Adelaida se acercó a El Tope con su novio Juan Galera acompañados por mi otra tía Josefina con su esposo Francisco Cárdenas, donde vivíamos desde 1965 tal cual se narra en la novela. Desde entonces ambas familias se juntaron y frecuentaron mucho. Ahí descubrimos el gran misterio que contaba papá sobre el capitán Vegas. Resulta que la tía Adelaida efectivamente contrajo matrimonio con él, antes de ser policía de la DIGEPOL; a quien convenció, así nos lo contó, de que no se metiera con papá. Ambos, Adelaida y el capitán Vegas tuvieron dos hijas: Ariadne Vegas y María Alejandra Vegas “Campanita”.
Con mi prima Ariadne, me casé en 1973. El día de nuestra boda en la iglesia de Bello Monte cerquita de la casa de mis padrinos Elizabeth y Ricardo Jabardo, vi por segunda vez en vida al papá de Ariadne, el capitán Carlos Vegas, quien la condujo al altar de la iglesia. A la boda sólo asistieron dos de mis tías por parte de mamá: Auristela y Laura, mientras a la recepción en El Tope, fue sólo el hermano del suegro, Fernando Vegas. En esta fiesta matrimonial ocurrió algo histórico para las familias García Ponce y García López: Resulta que en una misma mesa se sentaron juntas la abuela de Ariadne, María Luisa, y mi abuela Margot. Esa noche me acerqué a ellas que estaban muy animadas conversando entre sí, y les pregunté: “¿Entonces abuelas, ya hicieron las pases?”, contestando mi abuela Margot, nunca se me olvida: “Ya el viejo murió y ¿qué vamos a hacer?”. Se trataba por supuesto del abuelo Servando García Palacios.
Cabe señalar que el capitán Vegas le advertía a la tía Adelaida que mi matrimonio con Ariadne era, juzgando por su propia condición de asesino: “Una venganza y que en cualquier momento van atentar contra la vida de mi hija” nos contaba la tía Adelaida. Muy lejos de la realidad, siempre amé a Ariadne mientras estuve con ella y con quien pasé siete hermosos años juntos, estudiando en Inglaterra. Nunca le comenté absolutamente nada de las barrabasadas de su papá. Nunca hablamos de ello, aunque sospechaba que ella sabía algo. Ariadne siempre la recuerdo con mucho cariño. Por cierto, en Inglaterra ocurrió algo relatado en la novela: En 1974, fui entrevistado para estudiar matemática en el Instituto de Ciencia y Tecnología de la Universidad de Manchester y al mismo tiempo concursé para optar al curso de perfeccionamiento técnico de piano en la Real Academia de Música del Norte de Inglaterra con una famosa pianista rusa, cuyo nombre no recuerdo. La pieza que interpreté fue exactamente la sonata para piano de Ludwig Van Beethoven llamada Waldstein. Ahí participaron varios pianistas importantes de Inglaterra y fui yo el ganador.
Mi destino se encaminaba entonces por dos posibles vertientes que debía decidir, por cuánto cada institución exigía dedicarme a tiempo completo. Mi criterio de selección consistió en solicitar las becas correspondientes y ver cuál se aprobaba primero: a FundaAyacucho para estudiar matemática y al entonces Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes para estudiar piano. Aquí, el destino hizo su jugada y definió mi ruta de vida. La primera la conseguí y la segunda la sigo esperando. Fue así que, a partir de ese año, me dediqué más a la matemática que al piano; entristeciendo a mi mamá, porque ella siempre soñó que fuera un gran pianista como Sergio García en la novela. Ahí desahogo mi enorme frustración que me ha perseguido por años: haber estudiado un postgrado con la pianista rusa y ser un destacado pianista. El consuelo que me queda es el piano alemán de cola marca Goetze que se menciona en la novela y que todavía hoy conservo en mi casa.
Al regresar a Venezuela, Ariadne y yo nos divorciamos de mutuo acuerdo por “haberse aguado el guarapo”, como comentamos en esa oportunidad, quedando una buena amistad entre nosotros. Ella no pudo tener hijos con su nueva pareja por supuestamente quedar infértil al haber consumido anticonceptivos por demasiado tiempo. Con la presente novela intento subsanar tan terrible herida que ambos ocasionamos a su fértil vientre. Rafael Small, hijo de Ariadne Vegas en la novela y el gran protagonista, actual esposo de mi hija mayor, Aura Elena, la otra protagonista.
Años después en Puerto Ordaz, trabajando como profesor en la Universidad Nacional Experimental de Guayana, conocí a la estudiante de posgrado, Aura Balbi, con quien me casé y tuve dos lindas hijas: Aura Elena y Ligia Elena. El matrimonio con Aura duró doce años, pero por motivos políticos e involucrarme fuertemente en el chavismo, ella lamentablemente apartó nuestro amor.
Fue entonces que conocí en esa universidad a mi tercera esposa Carola Figallo, siendo electo como vicerrector académico y ella fungiendo como jefe de protocolo de la universidad con quien tuve una hija: Carolina Antonella, bastante parecida a Ligia Elena. En esos años culminé exitosamente una maestría y un doctorado en la Universidad Central de Venezuela viajando casi todas las semanas a Caracas en autobús. Con dichos estudios alcancé la categoría de profesor titular en la Universidad de Guayana.
El día antes de mi matrimonio con Carola, en el 2003, falleció mi madre Ligia cuyas cenizas la sembramos en El Tope. Ese año fui designado Secretario General de la Universidad Bolivariana de Venezuela en Caracas lo que condujo a los tres: Carola, Carolina y yo, a vivir en El Tope, casa a la cual le hicimos importantes modificaciones como se relata en la novela bajo la batuta de El Panza con el dinero que obtuve en convenio con Aura Balbi por la venta de nuestro apartamento en Puerto Ordaz. Ahí, en el Tope, pasé varios años disfrutando esa casa modesta, pero con una vista y clima espectacular. Mi papá Servando, ya viudo, se casó por segunda vez realizando la ceremonia matrimonial en El Tope. Recuerdo la presencia de todos mis tíos antes mencionados, y de un personaje muy sonado para la época: el periodista Oscar Yánez “Chivo Negro”. Papá se fue a vivir con la nueva esposa a su apartamento cerca de Los Teques. En una oportunidad le propuse a papá y mis hermanos comprar El Tope pagando por supuesto las respectivas cuotas-partes. Pero mi hermana menor, tristemente se opuso.
En el 2010 fui designado como vicerrector de desarrollo territorial de la Universidad Bolivariana el mismo año que murió mi tío Guillermo. Dos años después papá se empeñó en pasar sus últimos años de vida en Chichiriviche frente al mar, como tanto deseó. Para tal propósito decidió que vendiéramos El Tope y convenció a mis hermanos de hacerlo, provocando la segunda frustración de mi vida: vivir hasta la vejez en El Tope. Las cenizas de mamá las retiró mi hermana. Luego Carola, Carolina y yo nos vimos obligados a alquilar un apartamento en Santa Paula en la misma parroquia de El Cafetal. Papá murió en noviembre de 2014. Me jubilo entonces de la Universidad Bolivariana y dejo el cargo de vicerrector.
Así que los tres: Carola, Carolina y yo volvimos a Puerto Ordaz. Yo me dedicaba a dar clases en el doctorado de educación de la Universidad de Guayana vía internet, así como clases particulares de matemática y física. Coordinaba el comité parroquial constituyente en Unare y era y aun soy sargento en la milicia. Mis dos hijas: Aura Elena, quien vive en Caracas con su esposo Rafael en casa de sus padres. Lamentablemente, el padre de Rafael, Richard Small falleció recientemente. Por eso tomé su nombre para que fuera el protagonista de la novela en primera persona. Y Ligia Elena vive en Toronto, Canadá, compartiendo un apartamento con una amiga conocida hace años en los estudios universitarios. Ambas hijas graduadas en la Universidad Católica Andrés Bello de Puerto Ordaz, la primera como periodista y la segunda como contadora pública. Mientras mi tercera hija Carolina, vive actualmente con su mamá, Carola, con quien me divorcié en el 2021, por desamor e incompatibilidad de caracteres, como aparece en el acta de divorcio. Hoy en día, estoy muy activo dando clases en varios doctorados y maestrías, tanto en la Universidad de Guayana como en la Bolivariana; tutor de doctorandos y maestrantes, coordinador del proyecto sobre la territorialización de la Universidad de Guayana y conductor de varias cohortes del Seminario sobre neurociencia, neuroeducación y nuevas tecnologías, en ambas universidades.

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