Territorio libre de imperios
40 manifiestos de amor y combate
El histador en la cama
Lo conocí de pie frente a un salón de la Universidad del Zulia, explicando la Independencia como si fuera un brollo que todavía no había terminado. Era mi profesor de Historia de Venezuela en la Escuela de Letras, y hacía lo que muy pocos académicos se atreven: trataba el pasado como una pelea que todavía no habíamos decidido si queríamos o no. Era irreverente sin aspavientos, sin el gesto del transgresor que sabe que está transgrediendo.
Este hombre es diputado de la Asamblea Nacional, historiador con varios doctorados, incluyo uno honoris causa, autor de muchos libros, pero especialmente de dos que yo mismo le he publciado: La sombra digital: neofascismo, posfascismo y ciberfascismo —que le mereció el Premio Nacional de Periodismo— y de Geometría del asedio y la esperanza: genealogía de la resistencia venezolana frente al imperialismo (1819-2025).
La contradicción es aparente. Y la aparente contradicción es, precisamente, de lo que trata este libro.
Existe una tradición larguísima de intelectuales serios que escriben obscenidades con la misma mano con que firman tratados filosóficos. Quevedo era poeta de corte y pornógrafo de altísimo vuelo al mismo tiempo, sin que uno le restara un gramo al otro. Los clérigos medievales que redactaban los carmina burana sabían latín y sabían también lo que querían decir. El letrado libertino no es una anomalía: es un tipo humano con historia larga, y lo que lo define no es la hipocresía sino lo contrario: la honestidad de quien sabe que el cuerpo existe aunque los congresos no lo mencionen.
Pero hay algo que distingue a Juan Romero dentro de esa tradición: él no usa el lenguaje político como material externo, como quien toma prestado un vocabulario ajeno para hacer metáforas. Él habita ese lenguaje, lo firma, lo vota. Y entonces, cuando escribe “invoco mis atribuciones constitucionales para decretar la expropiación inmediata de ese sostén”, no está parodiando a un político desde afuera: se está parodiando a sí mismo. Es el bufón que también es el rey, riéndose de su propia corona mientras la lleva puesta.
Solo quien ha dicho “poder constituyente originario” en una sesión parlamentaria puede escribir “invoco el poder constituyente originario que reside en tus caderas” con esa precisión cómica. Desde afuera de la política real eso sería una caricatura. Desde adentro es un carnaval, que es una categoría completamente distinta: el momento en que el orden se ríe de sí mismo sin dejar de ser el orden.
Lo que Juan Eduardo Romero hace en estos cuarenta poemas —llamémoslos manifiestos, decretos, boletines, actas— es aplicar al erotismo el mismo rigor con que en sus libros académicos desmonta el poder. Allá desnuda el neofascismo digital; acá desnuda a una mujer. El verbo es el mismo y el método también. La diferencia es que aquí la lógica interna es el deseo, y mostrarlo en funcionamiento produce risa.
Porque este libro es, fundamentalmente, un libro cómico, y erótico. La risa es el método, no el efecto secundario. Cuando el diputado historiador escribe que “el CNE de mis sentidos ya emitió el primer boletín: con el 99% de las actas escrutadas y manoseadas, la tendencia es irreversible”, está haciendo algo que ningún discurso opositor ha conseguido: volver ridículo el aparato electoral desde adentro, con la risa de quien conoce la maquinaria tan bien que puede usarla para otra cosa.
Eso se llama autocarnaval, y es un acto político más honesto que muchos de los que se producen en la sala donde él sesiona.
Un diputado de la Asamblea Nacional que publica versos donde “el único diálogo que me interesa es el de mi lengua negociando la rendición incondicional de tus labios mayores y menores” está tomando una decisión que no es solo literaria. En un país donde la moral pública se administra con la misma burocracia con que se administran los alimentos, mostrar el cuerpo con esta desvergüenza alegre es un gesto de soberanía: el derecho a reírse de lo propio, a desvestirse sin pedir permiso, a fundar en la cama una república más honesta que muchas de las que se proclaman en los balcones.
Yo lo vi enseñar historia con esa convicción: que el pasado no es un museo sino una conversación a gritos. Ahora hace lo mismo con el deseo: que la cama también tiene su historiografía, sus héroes sin estatua, sus mártires.
El profesor que hacía la Independencia un tema urgente y actual, ahora hace urgente el orgasmo, individual y colectivo, el orgasmo de la patria libre de imperios.
Luis Perozo Cervantes
Maracaibo, 16 de marzo de 2026