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Detalle
ISBN 978-980-7889-12-4

Habitar la forma

Autor:Ramírez Espinoza, Zorian
Colaboradores:
Rahn Sánchez, Pamela (Prologuista)
0 (Prologuista)
Almao, Leonardo (Ilustrador)
lamas, Mijail (Editor Literario)
Ramírez Espinoza, Zorian (Coordinador Editorial)
Kenderzon Jesús (Coordinador Editorial)
Editorial:Fundación Editorial Tuqueque
Materia:Poesía venezolana
Público objetivo:General
Publicado:2026-09-25
Número de edición:1
Número de páginas:44
Tamaño:14x21cm.
Precio:Bs20
Encuadernación:Tapa blanda o rústica
Soporte:Impreso
Idioma:Español

Reseña


Salir del espejo
Por Christiane Dimitriades

Habitar la forma es el primer libro de poemas de Zorian Ramírez, en él se observa la constante búsqueda de una identidad perdida. En su proceso creativo describe, reiteradamente, el intento por reconciliar un yo fracturado, el cual quizá solo a través de la imagen poética podrá restablecer su escisión. Me he separado de mí /convertido en este otro que se aleja /me aferro a él hasta lastimarnos / ¿A quién pertenezco? La identidad deshecha y disgregada es, al mismo tiempo, anverso y reverso, el antónimo incorporado a su ser.

Proveniente de una voz desconocida, la escritura de Ramírez Espinoza es hermética, poco lírica (extrañamente, si consideramos que el autor es también músico), sus referencias no aluden a situaciones concretas. Más bien, algunas de sus experiencias son descritas mediante representaciones abstractas, otras nos hacen pensar en ciertos mitos antiguos: Reflejo perdido /contempla el cuerpo del agua /Huye de mí hacia el invierno.

El mundo artístico es copia, duplicación, imitación de imitaciones, un reflejo en ese otro reflejo que proyectan los espejos, es decir, es mentira, falsedad en el sentido que Nietzsche le otorgaba al arte por su voluntad de abolir las representaciones existentes y así concebir nuevas formas de creación posibles.

Entonces, cómo recuperar la reverberación de las imágenes, ese eco infinito para que ellas no distorsionen y excluyan nuestras más genuinas emociones, esto es, su sustancia; cómo diferenciar las unas de las otras; cómo reconocer aquellas que únicamente reproducen pobremente el entorno inmediato, tal como lo hace el “realismo”, en perjuicio de la expresión.
Para acceder a la verdad poética quizás habría que abandonar la literalidad de las palabras, herederas del aquel “realismo”, salir del espejo, ir tras la ruta incierta de nuestros pasos cuando por la noche los caminos se bifurcan y multiplican el sentido unívoco de cada punto de vista para conducirnos a nuevas e inesperadas posibilidades estéticas. Escribir como lo hace el sueño al proyectar inéditas formas, en la pura libertad de sus asociaciones, o bien, como la música al desprenderse de la materia para ingresar en la más sublime esfera metafísica. Allí donde reposan los sueños /a medio camino de la muerte /Viertes la sangre de tus palabras, expresa el poeta.

Sólo queda remover los escombros del poema, derribar los muros y todas las fortalezas que la conciencia impone a través de la repetición y de la costumbre. Restablecer aquel yo desintegrado, surgido del desierto estéril, empleando cada letra, cada sílaba, cada verso y, por qué no, cada silencio, hasta que el poeta pueda volver a erigirlo con toda su fuerza en el poema. Como bien dice Andrée Chedid, Mirar en poesía, es obtener el derecho al reverso de las imágenes, es quitar las vendas a las palabras.

Habrá que mirar con ojos extranjeros, lo cual significa enfocar el mundo en una dimensión distinta y, desde allí, abonar la tierra para que ese Yo desconocido y disociado, recobre su plenitud, conciliando el anverso y el reverso de su ser, formando un cuenco (esta imagen es del poeta Zorian Ramírez).






La memoria de las manos y el escombro sagrado
Por Pamela Rahn Sánchez


Escribo estas líneas en la vigilia suspendida de una lavandería. El papel tiene una mancha de café o quizá de chocolate; aquí, la materialidad se impone sobre el concepto. Son las once de la noche y el ciclo apenas comienza, como inicia en este poemario un rito de desmoronamiento. En estas páginas, el último poema no es un cierre, sino el estallido de una supernova: la cual marca el inicio del fin de las palabras para que, entre los restos del naufragio semántico, pueda emerger un lenguaje nuevo.

El “yo” que habita esta obra no es una entidad estática, sino un cuerpo que se desdobla y se interroga a sí mismo en una letanía constante. El lenguaje reside en el envés de las páginas como un personaje que contempla el mundo como un ácido, implacable que va corroyendo al yo. Intenta llegar hasta su centro y extirpar su corazón como un juguete viejo y oxidado. Pero en esa corrosión hay una tregua: el yo es, en esencia, arcilla. Es el material que guarda la memoria de las manos que lo moldearon, pero que también halla su identidad en la destrucción del fuego. Como la arcilla, el espíritu se transforma al cocerse, revelando diversas coloraciones según las impurezas que contiene: desde el rojo encendido de la herida hasta el blanco del silencio absoluto.

Es preciso hablar de estas impurezas desde lo sagrado. Así como la arcilla adquiere su matiz a partir de lo que otros llamarían “contaminación”, el poema adquiere sus grados de luz y oscuridad a partir de los sedimentos de la vida. Las impurezas del pensamiento, el miedo, el deseo, la pérdida, la locura, no son errores, sino el material alquímico que se convierte en residuo luminoso, en sedimento que termina bautizado como poema.

Esta transmutación recuerda al cortometraje de Jan Švankmajer, Dimensiones del diálogo: dos figuras de arcilla que se funden en una danza violenta y necesaria. De esa unión, de ese choque de identidades, queda un pequeño trozo vivo justo a la mitad de la mesa; no es un resto filial, es tan solo resquicio que se resiste a ser propiedad de nadie, algo vivo que surge del sacrificio de dos cuerpos. Este poemario juega con ese trozo sobreviviente. Zorian Ramírez Espinoza indaga y poetiza el escombro del yo, recordándonos que lo que llamamos “propio” es siempre el fragmento de un otro, una reliquia de algo que nos trascendió.

Sigo en la lavandería y el ciclo de lavado casi termina. He comenzado una conversación con un extraño; le faltan dos dientes, pero viste con una elegancia anacrónica. Se sienta a mi lado en una poltrona de cuero marrón y me lanza una observación que suena a profecía: “Ya nadie escribe a mano; verte a ti es como estar viendo un documental”.

Sonrío y le confieso que soy escritora, con esa vergüenza de siempre, con el tufillo de ser mentirosa a pesar de que llevo más de 10 años escribiendo. Entre el ruido del agua y el vapor de las máquinas industriales, terminamos hablando del acto litúrgico de crear un diario. El extraño sentencia, casi sin pensar: “Los diarios no cuentan tu vida, son reflexiones de tu interior”. En ese momento mientras tachoneaba este epílogo la cara del autor de este libro se me vino a la mente con un gesto cómplice y el extraño me observaba intentando leer mis pensamientos. Se que probablemente gran parte de estos versos nacieron de la mano zurda de Zorian que explora en el diario sus túneles, conversaciones ocultas, casi místicas, con un yo irreverente y dolorosamente honesto, libre que se permite equivocarse en busca de la experiencia, ya que como dice Aristóteles, “En el error la mente se experimenta a sí misma¨

El extraño me confiesa súbitamente su miedo: le aterra hablar con su propio interior. Por eso no escribe diarios; solo notas, recordatorios, breves, nada muy largo, listas del supermercado, para no perderse en su mundo interior. Si endo el acto de hablar con tu yo, algo casi sacerdotal, un descenso a un pozo de aguas turbias. Me pregunto: ¿que es un poeta sino alguien lo suficientemente valiente para hablar con su interior? Alguien que intenta cruzar el umbral del espejo para ver el mundo, como Zorian menciona en su primer poema, pero el espejo tiene la fuerza de un grito que reclama su nombre. El poeta queda entonces atrapado en esa prisión de cristal, donde solo le queda organizar los restos y tratar de entender el universo a través de un yo que es, al mismo tiempo, celda y santuario.

La noche, elemento que se repite en esta obra, es la noche de los místicos, que alarga sus manos frías para encontrarse con el lector. Es un espacio donde la simbología del yo se expande hasta volverse inabarcable. En la noche de Zorian, el lenguaje se despoja de su ropa civil para vestirse de rito, que va rehaciendo una y otra vez, como una especie de mago o verdugo. Habitar la forma es, finalmente, aceptar que somos vasijas rotas, pero que es precisamente por esas grietas e impurezas, nuestros escombros por donde la luz comienza, por fin, a filtrarse.

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