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Detalle
ISBN 978-980-7889-14-8

Padre, tengo miedo y espero el alba

Autor:Gálvez Martos, Cristina
Colaboradores:
Almao, Leonardo (Ilustrador)
Ramírez Espinoza, Zorian (Editor Literario)
Requena Cabello, Eleonora Del Valle (Prologuista)
Román Figueroa, Yéiber Daniel (Prologuista)
Kenderzon Jesús (Coordinador Editorial)
Editorial:Fundación Editorial Tuqueque
Materia:Poesía venezolana
Clasificación:Poesía de poetas individuales
Público objetivo:General
Publicado:2026-07-31
Número de edición:1
Número de páginas:44
Tamaño:14x21cm.
Precio:Bs20
Encuadernación:Tapa blanda o rústica
Soporte:Impreso
Idioma:Español

Reseña


Notas de escucha sobre un duelo
Por Eleonora Requena

Pienso en la escritura poética como ese diálogo entre un yo que atisba a decir algo (y que mientras lo hace va traspasando umbrales) y un tú, un ellos, un otro/otre, un nosotros… A partir de esa primera lanza-voz que atraviesa al silencio cuando leo un poema, escucho la conversación trabada entre esas múltiples proyecciones y algo de sentido trato de comprender, algo del aire surcado o de su vibrátil ondular me roza o me hiere. Qué dice esa voz, qué se dice, qué le dice a otro, qué me dice, qué entiendo o creo entender, qué me emplaza.

He leído varias veces este diálogo de Cristina Gálvez Martos con su padre y algo de eso que resuena entre sus nocturnos fragmentos y silencios me interpela. A través de una palabra condolida, atravesada por el luto, Cristina establece un diálogo con su padre que es memoria convocada, figura especular, ausente y presente a la vez. Escucho lo que dice en una travesía íntima sobre el miedo, el reconocimiento de la herencia afectiva y la búsqueda del deseo.

Desde la lectura del título del libro Padre, tengo miedo y espero el alba, entré en el lugar y el tiempo de la noche, en ese dúctil espacio de la vigilia que invoca a la voz. Leer estos fragmentos me hizo partícipe de una charla íntima en la oscuridad, al tacto, como quien frota cuentas de un rosario, a la escucha de los sonidos mínimos de los insectos, como quien va recuperando sentidos perdidos y desenhebrando finamente el hilo del dolor.

La poesía y el duelo se relacionan porque ambos trabajan con la ausencia: el duelo la padece y la poesía la nombra. El duelo es un tiempo elástico y fluctuante, el dolor cunde todos los espacios con su capa fina y contundente, pero también irriga la tierra con sus transformaciones. Las ausencias del día se hacen presencia en la noche, la penumbra cruza un portal que te arroja a la noche. Escucho los fraseos del duelo como experiencia íntima, corporal y espiritual. No se trata solamente de la tristeza por la pérdida del padre, sino de un proceso profundo en el que la voz poética vivencia el miedo, la memoria, la desorientación y la reconstrucción. La escritura aparece como una noche interior que espera al alba.

Estos estados de vigilia y advenimiento del fragor tienen indiscutibles precedentes en la tradición lírica universal, y más en la tradición poética venezolana con la obra de Hanni Ossot en Hasta que llegue el día y huyan las sombras y El reino donde la noche se abre. En el texto de Cristina este trecho nocturno es nombrado como un tránsito necesario que no elimina a la noche, la sucede, el duelo aquí se tramita como vigilia prolongada hasta que algo de luz sea posible. “La poesía es decirse la verdad/ la poesía es devastadora.” La leo decir(me), la escritura funciona como trabajo de duelo, nombra lo insoportable.

Esto he leído en el lento, fecundo y breve trabajo de este libro: como una floración casi imperceptible, como una marabunta de gusanos nocturnos que arrasan una palma, nacimiento y muerte, noche y luz, enmudecido en una voz muy baja, escucho; poema y diálogo en la sombra, el esplendor.

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