Padre, tengo miedo y espero el alba
Notas de escucha sobre un duelo
Por Eleonora Requena
Pienso en la escritura poética como ese diálogo entre un yo que atisba a decir algo (y que mientras lo hace va traspasando umbrales) y un tú, un ellos, un otro/otre, un nosotros… A partir de esa primera lanza-voz que atraviesa al silencio cuando leo un poema, escucho la conversación trabada entre esas múltiples proyecciones y algo de sentido trato de comprender, algo del aire surcado o de su vibrátil ondular me roza o me hiere. Qué dice esa voz, qué se dice, qué le dice a otro, qué me dice, qué entiendo o creo entender, qué me emplaza.
He leído varias veces este diálogo de Cristina Gálvez Martos con su padre y algo de eso que resuena entre sus nocturnos fragmentos y silencios me interpela. A través de una palabra condolida, atravesada por el luto, Cristina establece un diálogo con su padre que es memoria convocada, figura especular, ausente y presente a la vez. Escucho lo que dice en una travesía íntima sobre el miedo, el reconocimiento de la herencia afectiva y la búsqueda del deseo.
Desde la lectura del título del libro Padre, tengo miedo y espero el alba, entré en el lugar y el tiempo de la noche, en ese dúctil espacio de la vigilia que invoca a la voz. Leer estos fragmentos me hizo partícipe de una charla íntima en la oscuridad, al tacto, como quien frota cuentas de un rosario, a la escucha de los sonidos mínimos de los insectos, como quien va recuperando sentidos perdidos y desenhebrando finamente el hilo del dolor.
La poesía y el duelo se relacionan porque ambos trabajan con la ausencia: el duelo la padece y la poesía la nombra. El duelo es un tiempo elástico y fluctuante, el dolor cunde todos los espacios con su capa fina y contundente, pero también irriga la tierra con sus transformaciones. Las ausencias del día se hacen presencia en la noche, la penumbra cruza un portal que te arroja a la noche. Escucho los fraseos del duelo como experiencia íntima, corporal y espiritual. No se trata solamente de la tristeza por la pérdida del padre, sino de un proceso profundo en el que la voz poética vivencia el miedo, la memoria, la desorientación y la reconstrucción. La escritura aparece como una noche interior que espera al alba.
Estos estados de vigilia y advenimiento del fragor tienen indiscutibles precedentes en la tradición lírica universal, y más en la tradición poética venezolana con la obra de Hanni Ossot en Hasta que llegue el día y huyan las sombras y El reino donde la noche se abre. En el texto de Cristina este trecho nocturno es nombrado como un tránsito necesario que no elimina a la noche, la sucede, el duelo aquí se tramita como vigilia prolongada hasta que algo de luz sea posible. “La poesía es decirse la verdad/ la poesía es devastadora.” La leo decir(me), la escritura funciona como trabajo de duelo, nombra lo insoportable.
Esto he leído en el lento, fecundo y breve trabajo de este libro: como una floración casi imperceptible, como una marabunta de gusanos nocturnos que arrasan una palma, nacimiento y muerte, noche y luz, enmudecido en una voz muy baja, escucho; poema y diálogo en la sombra, el esplendor.