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ISBN 978-980-18-9630-2

Poesía completa de Ludovico Silva

Autor:0
Colaboradores:
Luis Perozo Cervantes (Director del equipo editorial)
Luis Perozo Cervantes (Prologuista)
Luis Perozo Cervantes (Diseñador)
Editorial:Editorial, Sultana del Lago Editores
Materia:Poesía venezolana
Público objetivo:General
Publicado:2026-08-18
Número de edición:1
Número de páginas:380
Tamaño:14x21cm.
Precio:Bs25.000
Encuadernación:Tapa blanda o rústica
Soporte:Impreso
Idioma:Español

Reseña

En 1960 escribió que el alma, frente al espejo, pudo reír temblando, y en 1973 puso a un condenado a muerte a explicarle a su mujer que el sabio solo ríe temblando. En 1964 anunció que no quedaría dólar sobre dólar, y en 1965 lo repitió en medio de la explosión atómica. En 1958 escribió «Las mismas aguas», y en 1968 volvió a escribirlo con la palabra recuerdo entre paréntesis. En 1973 comparó los pechos de una mujer con una torre herida, y en 1979 se comparó él mismo con esa torre. En 1961 escribió en un terceto que todo es al fondo fatal, hasta el azar; lo repitió en prosa en 1964 y en alejandrino en 1966.
Cinco frases que vuelven a lo largo de veintiún años, sin comillas, sin nota, sin aviso al lector. Un hombre que trabajaba así no escribía poemas sueltos: mantenía un solo texto abierto durante décadas y lo iba sacando por partes. Por eso el volumen que el lector tiene en las manos desordena las fechas con tanta obstinación —un libro de 1977 con poemas de 1958, un libro de 1979 que empieza en 1968 y termina en 1958, una cantata de 1961 publicada en 1980— y por eso Ludovico advirtió en la primera página que había seguido el orden de las publicaciones, para que nadie le construyera encima una evolución. La palabra que eligió, tomándosela a Valéry, fue abandonar. Los poemas no se terminan; se sueltan.
Lo que sostiene esa manera de trabajar es una idea del lector. Está formulada en 1977, en las «Confesiones», donde Ludovico cita a Paz para decir que el significado del poema lo pone el lector por medio del poeta, y agrega enseguida: «Buscadme en un solo verso, y acaso no me encontraréis. Buscadme en todos, y allí estaré». En 1965 se interrumpe en medio de la hecatombe para confesar que escribe «para mí ese todos conque escribo». En 1973 escribe dos poemas seguidos, en el mismo metro, y los titula por el criterio de admisión: uno que todos pueden leer y otro que no. En 1979 define la poesía como «la soledad con máscara de todos». Y en 1988 calcula su público en dos personas afinadas musicalmente. La obra entera está construida sobre la pregunta de quién está del otro lado, y la respuesta se va estrechando con los años hasta caber en una cifra.
Ese hombre acorralado escribió, además, un inventario de alegrías. El vino como dios antiguo en toda mesa, con un papel, un lápiz y un destino; el whisky que le pide a Beatriz; el monje ebrio de Vivaldi paseándose por sus castillos interiores; la mandolina del padre que sonaba como ángeles y le llenó la niñez de fantasía; la guitarra del hijo, a quien le dedicó su último libro; el rincón, el pequeño rincón donde respirar. En 1978, después de diez años de silencio y de una noche en que la poesía se le despidió, escribió que la muerte tiene color y vigor de esperanza, y lo argumentó con una pregunta de artesano: si no fuera así, ¿cómo sería posible hacer poesía de ella? El pesimismo se le desarma por vía técnica. Aquello de lo que puede hacerse un poema lleva esperanza adentro, y él llevaba treinta años probándolo con la muerte.
Firmó el pórtico en Caracas, en marzo de 1988, y agradeció que le hubieran rescatado sus libros poéticos del anonimato. La última línea del volumen repite las once palabras que no cambió nunca. Murió el 4 de diciembre de ese mismo año.
Encima de la mesa quedó el poema, corregido por milésima vez.
Luis Perozo Cervantes
Maracaibo, 2026

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