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ISBN 978-980-18-9945-7

Precipitaciones dentro de la casa
Crónicas inconclusas de (in)certidumbres

Colaborador:Mariate Torres (Editor Literario)
Editorial:Suárez Bescanza, María Alejandra
Materia:Poesía venezolana
Público objetivo:General
Publicado:2026-09-15
Número de edición:1
Número de páginas:208
Tamaño:23.59x13.97cm.
Precio:Bs8.000
Encuadernación:Tapa blanda o rústica
Soporte:Impreso
Idioma:Español

Reseña

Prologuista: Joel Linares Moreno

A veces la literatura se vuelve una cosa amanerada, un adorno
de vitrina, un ejercicio de vanidades donde la palabra se atilda
para no molestar a nadie. Hay libros que nacen para el aplauso
fácil, bien peinados, oliendo a biblioteca pulcra y a perfume de
academia. Pero hay otros -pocos, a decir verdad, y por eso tan
urgentes- que nacen como nace la lluvia en el llano o el lodo
en el barrio: dándose contra el suelo, tronando, oliendo a tierra
mojada, a sudor de pueblo, a tripa expuesta.
La obra que tienes hoy entre las manos, esta constelación de
crónicas poéticas de Alejandra Suárez, pertenece sin duda a la
segunda estirpe. No estamos ante un tratado de artificios ni
ante una colección de versos calculados para la complacencia.
Este es un libro de urgencia. Un libro que reclama su sitio en
la literatura venezolana y nuestramericana no por la vía de la
concesión editorial o el acomodo de las modas, sino por la
fuerza incontestable de su necesidad.
Vivimos un tiempo luminoso e impostergable. En Venezuela,
en América Latina y en el Caribe, el mapa de la palabra escrita
está siendo reconfigurado desde sus cimientos por una
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marejada de voces femeninas que ya no piden permiso para
nombrar el mundo. No se trata de un simple «boom» ni de una
etiqueta de mercadotecnia para pacificar las conciencias del
consumo. Es una verdadera rebelión epistémica y estética. Las
mujeres están escribiendo desde la carne, desde el territorio,
desde las cicatrices de la historia y las trincheras del hogar o la
calle, desmontando el viejo canon patriarcal que pretendía
reducirlas a máquinas de llanto o recipientes de una dulzura
edulcorada. Alejandra Suárez se inserta en este torrente con
una voz que no busca parecerse a ninguna otra: una voz atávica
y contemporánea a la vez, donde la mística campesina se cruza
con la teoría crítica, y el asfalto convulso de Caracas se abraza
con el fluir eterno de nuestros ríos ancestrales.
II
Escribir en la Venezuela de hoy es un acto de soberanía y de
fe. En las páginas de este libro, el ejercicio de la crónica
desborda los límites del género periodístico para hacerse
poesía encarnada, testimonio visceral y mapa de resistencia.
Alejandra no escribe desde una torre de marfil; escribe con los
pies metidos en el polvo de la Avenida Baralt, bajo el palo de
agua de Los Caobos, en el pasillo de una vivienda popular en
San Agustín del Sur, en la trayectoria en camioneta hacia Plaza
Venezuela, en los techos de la Cota 905, o en la soledad gélida
del primer mundo nórdico, contemplando una «Araya blanca»
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de nieve y la obsesión del reciclaje europeo mientras añora la
luz estruendosa del Caribe.
Hay en estas crónicas una densidad intertextual deslumbrante
que no peca jamás de pedantería. Por sus páginas desfilan
Huidobro, Rulfo, Cortázar, Kafka, Burroughs, Nicolás
Guillén, San Agustín, Ludovico Silva, Enrique Dussel, Ramón
Grosfoguel, Boaventura de Sousa Santos, León Felipe, César
Rengifo, Dalí, Armando Reverón y Víctor Valera Mora; se
cruzan las miradas de Picasso, Bécquer, Gallegos, Sartre,
Camus, Edvard Munch y Vallejo; pero todos estos fantasmas
ilustres sufren aquí una transubstanciación popular. La autora
bromea con los clásicos, los sienta a comer en la mesa de la
escasez, los confronta con la mirada limpia de un perro o la
memoria de la madre que exige «cuidar el verbo» mientras
recuerda que ya no friega la ropa con jabón azul. La alta cultura
y el saber del pueblo llano se disuelven en un mismo caldero:
la abuela que lee la voz de Dios en el trueno, el viejo del
autobús que enseña que el agua hirviendo se calla cuando
alcanza su punto máximo, la enfermera velando el desahucio
del alma, o el fantasma luminoso de César Rengifo
recordándonos la función patria del arte, dialogan de igual a
igual con el rigor ético de Armando Rojas Guardia y los
maestros de la vida cotidiana.
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Esta es una de las grandes virtudes apologéticas del texto: la
demostración de que el pueblo nuestroamericano posee una
epistemología propia, una manera profunda y sagrada de
habitar la realidad que la modernidad capitalista e imperial
insiste en invisibilizar. Frente a la razón instrumental que todo
lo cuantifica y lo degrada a mercancía, Alejandra reivindica la
intuición, el rezo de la anciana que ahuyenta las plagas, la niña
que bate las alas de mariposas muertas para hacerlas volar de
nuevo, la sacralidad carnal del cuerpo, el repique sagrado de
los tambores de San Juan en Carabobo y esa memoria colectiva
que se transmite «de Barquisimeto pa'dentro» en carretas de
bueyes.
III
Pero este libro es también una elegía política y geopolítica de
un alcance estremecedor. Alejandra Suárez no separa el dolor
íntimo de las grandes tragedias de nuestro tiempo. La pérdida
de los padres, de la amiga y de los camaradas de vida —esa
orfandad que deja la existencia vaciada como cera de vela
consumida— no es un hecho aislado; dialoga en tiempo real
con la violencia del imperio y las heridas del Sur global.
Con una valentía que sobrecoge, la autora vincula a sus
muertos familiares y entrañables, con los caídos de la patria y
del mundo. El cuerpo quebrantado de su padre, pero con una
voluntad que mantiene las alas intactas, se convierte en la
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metáfora de la contienda incesante: un Muhammad Ali
peleando en el ring contra el sistema. La carne lacerada de las
víctimas de las guarimbas, los incinerados en la violencia
política, los desaparecidos de La Guaira, las calles frías de
Madrid ignorando el cuerpo inerte de una mujer, los migrantes
encadenados en exhibiciones de supremacismo blanco, los
«falsos positivos» en Colombia, los comuneros Mapuches
vilmente asesinados y los niños despojados en las ruinas de
Palestina, Siria, Irak, Yemen y África no son para Alejandra
meras cifras de prensa. Son carne de nuestra carne.
“¿Por qué el odio?”, se pregunta la poeta en medio del ruido
de las bombas y la deshumanización médica. Y la respuesta
resuena con la contundencia de un hachazo: «Porque existes».
En esa respuesta filial reside la definición más exacta de la
agresión imperialista contra nuestros pueblos. Nos odian
porque existimos, porque insistimos en ser piel, memoria y
soberanía en medio de un inmenso arsenal de mercancías.
Frente a las trampas discursivas del Norte, que recicla plástico
con pulcritud mientras convierte a los muertos del Sur en
«oferta de gente en polvo», la autora contrapone la dignidad
irrenunciable del pueblo venezolano: podemos ir al infierno,
pero arrodillados no. El antiimperialismo se entiende no como
una proclama panfletaria, sino como una necesidad de
supervivencia biológica. La escritura se hace sudor, se hace
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tripa, se hace sangre vital. Escribir no es aquí un pasatiempo;
es la única manera de quitarle poder a los secretos, de vencer
las fauces de la bestia, de evitar la profanación de nuestra
condición humana y de gritarle al mundo que por este suelo no
solo pasó Bolívar, sino que aquí nació.
IV
Caminar por estas crónicas es también adentrarse en la
sacralidad del cuerpo. Alejandra Suárez nos entrega una
poética del cuerpo desnudo que desafía cualquier moralina o
domesticación. La carne de la mujer no es máquina, ni adorno,
ni mero repositorio de llanto maternal; es reptil, es sexo, es
versos enclavados en la piel, es trinchera. Es el cuerpo
envejecido que se niega a ser tratado como un objeto inútil, el
cuerpo que ama desaforadamente frente a la mirada distraída
del señor que vende el cilantro, el cuerpo carnal que reivindica
su derecho a existir frente a las abstracciones del dogma, el
cuerpo que descubre en la tibieza del amado la manifestación
más pura de Dios y que encuentra en el amor una «fiesta de
silencio» y una victoria contra la muerte.
Ahí está la figura del caballo Sucesor, indomable y altanero,
cayendo bajo la tormenta como un héroe de epopeya popular;
ahí están los ríos Masparro y Morere trayendo y llevándose los
recuerdos de una estirpe de descalzos que aprendió a leer la
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libertad antes de aprender a escribirla. Y ahí están los santitos
de la madre, pulidos a besos y envueltos en papel toallet dentro
de la cartera, junto a la fe ancestral que nos salva del vacío,
como la prueba irrefutable de que la fe de los pobres es portátil,
humilde y eterna.
Tienes en tus manos una obra indispensable. Un libro que llega
en el momento justo cuando la literatura venezolana necesita
mirarse al espejo sin disfraces, sin edulcorantes y sin panfletos
de ocasión. Alejandra Suárez ha escrito un texto necesario
porque en él vibra la verdad de lo que somos: una mezcla de
barro pensativo, de cantos de pájaros liberados, de ausencias
irreparables y de una terquedad infinita por seguir estando
vivos bajo la lluvia. Recordándonos siempre, desde la ternura
y la furia, que en esta lucha continental no es lo mismo mirar
desde el zapato del opresor que mirar desde el hormiguero del
pueblo, y que, ante la soberbia del Norte, nosotros somos otra
cosa porque elegimos abrazar nuestra sacralidad originaria y
aprender de la fuerza inquebrantable de los verdaderos
maestros de la resistencia.
Como nos recuerda la madre Polimnia desde el hombro de la
poeta: hay que cuidar el verbo. Y Alejandra lo ha cuidado de
la única forma en que vale la pena hacerlo: soltando las tripas,
sembrando la palabra en la tierra de la patria y entregándonos
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un libro de pura belleza y «Artepaz» que, desde ya, forma parte
imprescindible de nuestra memoria literaria. Entra en sus
páginas, mójate con su agua, pisa su barro y escucha, la lluvia
de estos ríos está hablando por todos nosotros.

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