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ISBN 978-980-7889-08-7

69 o el infinito

Autores:
Sarco Lira Farías, Ricardo
Almao, Leonardo
Colaboradores:
Lebrun, Juan (Prologuista)
Ramírez Espinoza, Zorian (Coordinador Editorial)
Kenderzon Jesús (Director del equipo editorial)
Editorial:Fundación Editorial Tuqueque
Materia:Poesía venezolana
Clasificación:Poesía moderna y contemporánea (desde 1900 en adelante)
Público objetivo:General
Publicado:2026-02-08
Número de edición:1
Número de páginas:44
Tamaño:14x21cm.
Precio:Bs15
Encuadernación:Libro en otro formato
Soporte:Impreso
Idioma:Español

Reseña

Lo que queda en la boca
Por Juan Lebrun

No hay animal que no tenga un reflejo de infinito;
no hay pupila abyecta y vil que no toque
el relámpago de lo alto, a veces tierno y a veces feroz.

Victor Hugo, La leyenda de los siglos

Este texto pretende acompañar el regusto de un lector de 69 o el infinito de Ricardo Sarco Lira Farías (2026), como en una sobremesa, donde las palabras aún conservan el sabor de los frutos que acompañaron la comida. Propongo cuatro ejes que estructuran, a su vez, este último escrito: a) lo doméstico/erótico, b) lo sexual y lo comestible, c) lo femenino y lo oculto y d) la pregunta sin respuesta. Estos, sin embargo, no pretenden explicar ni agotar el libro, sino abrir preguntas para seguir pensándolos.

Después de leer los poemas, me hallo menos solo que en su comienzo. Tengo la extraña sensación de haber sido llenado por un líquido abundante, pero la palabra es bocanada o, dicho de otro modo, expulsión sonora de una boca. En ese resquicio, 69 o el infinito se queda reverberando, y me deja sin saber si salí de una casa o de un cuerpo; tampoco si el deseo bulle en la ternura de un cosmos doméstico, o si las tareas pequeñas de las plantas regadas y el grifo abierto, de alguna forma maravillosa, muestran el apetito que nos toca a todos, pequeños lectores de la experiencia.

En mi resaca, ronda una pregunta: no sé si una letra es una letra es una letra, o si la página es la que ansía realidad en el libro. Pero algo es seguro: Los hombres y las plantas gustan de los frágiles equilibrios/No por nada tienen espinas las delicadas rosas. En Luz Machado, como en el caso de Ricardo, encontramos que el deseo empieza en lo doméstico, no irrumpe desde el mundo ni lo urbano. Nace de la madre, de su padre, la cocina, las plantas, la herencia y los frutos, de todo lo aprendido. En Amar a las plantas, aparece claro: si no las riega, perecen; si las riega mucho, perecen; si las poda, perecen; si no las mima como a los amantes, perecen. Erich Fromm comparó el acto amatorio con el cuido de las plantas, pero hay algo muy distinto aquí: para el poeta no hay maduración, receta o solución al problema erótico, sino un abismo donde todo se fragiliza y, con el tiempo, se quiebra. Entonces, cuando lo doméstico y lo erótico parecen no ser suficientes, lo sexual/comestible aparece, continuación caníbal.

Como precedente, la poética de Alejandro Castro abre la plaquette y la inserta en una forma que, sin abandonar el erotismo, toca la identidad queer y vuelve su lectura una necesidad. La carne tiene hambre de carne, antropófaga y apropiadora. Los versos eyaculan, lamen, huelen, involucran todos los sentidos (que son la piel) en cuerpos sin medida justa, que se oscurecen, vacilan en el misterio afeminado y bello de la adivinación; todo esto, en una escritura atinada y resoluta. El oído general tendrá que estar atento a aquel eco regurgitante que parece venir del intestino, no para desparramarse en ácidos bolos, sino para recordarnos el sabor de la guanábana. Porque eso queda después de comerse a otro: mariposas mascadas, frutas con todos los gusanos de Urama, vísceras en olla, leche, vainilla, sal, sexo endurecido y un oleaje de los sonidos que acompañaron el viaje. Mamá no enseñó a cocinar ni a escoger hombres, pero sí a tragar, deglutir y digerir: un tiempo inconsciente con cada ciclo lunar. Habrá que estar atento al mejor momento para cortar pelo, para regar plantas, porque si no, se te puede perder la cosecha; o no: conviene más bien ser cuatriboliao y macho para que no te vaya tan mal en esta vida. Lo apolíneo: no vaya a inmiscuirse tanto en la peluquería o en el lenguaje, mira que los dos tienen muchos misterios. Abre nuestras entrañas, padre. ¿Hay, en nosotros, algo dañado? ¿Cómo podemos concebir el infinito? En los vapores del pantano, sabemos, por lo menos, que el infinito debe ser femenino.

Esta feminidad se da a partir de lo oculto. Ricardo se aproxima a las cosas desde la alquimia doméstica, como en el poema Manjar: Toma maicena leche azúcar/revuélvelo con mis vísceras/en una olla.

Por momentos, la voz no se dirige al otro, sino que habla hacia adentro. Me voy, dice en cursivas, y no se va: se repite. ¿Por qué sigue resonando aún después de haber terminado el libro? Charco del pensamiento, no busca colaborar con la voz principal, más bien busca dislocarla. Por eso, diciendo que se va, se queda; afirmando que no está, está; sosteniendo que guarda silencio, suena.

El conocimiento viene del cuerpo, no del logos: el saber viene de las entrañas, de la boca, de los muslos, del vientre. La cocina aparece como lugar menor, doméstico, no prestigioso. Sin embargo, allí se mezclan sustancias, se transforma lo crudo en algo comestible. Cuando el poema dice Mamá nunca me enseñó a cocinar/Tampoco a escoger mis hombres, está diciendo algo más hondo: el saber que se transmite en casa no siempre salva, pero es necesario. En Matriarca, se instala un linaje femenino de saber no racional, heredado, incómodo y no elegido. Eso es femenino como lo oculto: lo que se sabe antes de que ocurra, y conecta con la noción de feminidad de Julia Kristeva, donde lo abyecto desestabiliza el orden. Lo femenino en 69 o el infinito no se manifiesta como tema ni como identidad, sino como una forma de conocimiento: saber oculto, corporal, nocturno, que no se enuncia del todo y, no obstante, organiza el libro desde adentro.

Ya había anunciado la necesidad de la plaquette de buscar en el otro alguna función contenedora para su amor y su deseo. Como si la voz tatuara estas palabras en una pequeña nota dentro de una botella y la lanzara al mar para ver quién la recibe. Esta es, ya no la pregunta sin contestación, sino la pregunta en espera: un lance de jabalina que todo poeta debe hacer para abrirse camino.

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