Mágico meridiano
Asistimos al deslumbrante sortilegio de un Mágico meridiano, de un instante fugaz que brota de las manos de Alejo Vivas Ramírez, ese hechicero del verbo, ese augur que conjura las nieblas remisas de abandonar la comarca de la poesía. Oriundo de Michelena, el Corazón del Táchira, Alejo, que cual furtivo espectador De La comedia humana y sus fatalidades atisba sus incongruencias y su inveterado revoloteo sobre un albur adverso, pasmosa persistencia cíclica proclive a la desventura y el desasosiego, como si, dotada por demiúrgico castigo de Un ala incierta que la condena, torpe, al ostracismo de la altura, errática, entre Un puñado de sombras, hijas del Lento reclinar de la noche, intentara remontar su propia suerte, convoca un Concilio de Búhos, él como “ángel de polvo”, doliente de las “palabras desangradas”, quien por su “madre” lleva “el idioma de la espuma y la burbuja”, y le sacude la tierra al libro más triste de la tarde que lleva bajo el brazo y que nadie o pocos osan leer, por lo que él, apostado en un Bar de invierno, abstemio del Pulso de Niebla que embriaga la claridad de su fe en los pájaros y en el árbol que los cobija, reta, desde aquí, desde este Mágico meridiano a ese Dios de abrojo, demiurgo que “habla ... en el barranco como los alambres retorcidos” y derriba las Efigies del bosque a quienes, él, Alejo, le ha ofrendado su palabra.